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Hace 98 años Gallegos vino en ferrocarril desde Guanta a Barcelona



El ilustre ciudadano inició aquí sus inquietudes pedagógicas en el liceo federal
Poco antes de apearse en el muelle de Guanta procedente de La Guaira con boleto cuyo costo de poco más de cuarenta bolívares, un visitante observó la bahía de aguas plácidas cuando el buque hacía su entrada al muelle  rodeado  de manglares y botes de pescadores.
El hombre se informó la manera de llegar a Barcelona, su destino final. Tomó  el ferrocarril que en pocos minutos inició su recorrido por las estaciones de Puerto La Cruz, la primera en la carretera negra, seguidamente la de calle principal de Pozuelos, luego la parada en “La Línea”  -hoy avenida 5 de julio-, hasta llegar por la misma calle a “Bellavista”,  última parada antes de arribar a la capital del Estado.
El ruido tormentoso de las calderas de la máquina se escuchaba como tropel mientras los pasajeros apreciaban las imágenes de la incipiente ciudad porteña que comenzaba lentamente a imponer su desarrollo incluyendo los primeros comercios.
Finalmente el transportador ferroviario llegó a la meta; precisamente en esta estación de Barcelona, los vecinos se aprestaron a ver el descenso en “Portugal”, de todo el pasaje, siempre lo hacía por curiosear, esta vez se fijaron en  un ciudadano elegantemente vestido con un fino “cordobán” terciado en su cabeza  con aire y porte de gran personaje  destacando su figura, su estatura y una sonrisa con sabor venezolanista.
En las manos de aquel visitante colgaban  dos maletines de cuero, tamaño mediano con lo cual probaba su condición de  “forastero”, justamente el nombre con que después intituló  una de sus primeras novelas. Muchos curiosos fijaban su mirada  formándose alrededor del vagón del cual bajaba el sujeto objeto de la sorpresa vecinal.
Aquella mañana del 6 de febrero en 1912, Rómulo Gallegos visitaba la ciudad por la que sentía una inquebrantable admiración debido a la proeza de su sacrificio por su grandeza en la guerra de independencia. El ilustre viajero pensó cuan de grande era el reto embargador de sus sentimientos en la “Cartago” de Oriente.
Una brisa grácil bañó su rostro cuando el frescor de la arboleda del Neverí con su sus detalles vegetales derramaba su verdor acariciando los rayos solares  provocadores de un sofocante ambiente casi cotidiano y natural a la media mañana oriental.
Al deslizarse entre vecinos y curiosos venidos a presenciar quienes eran los pasajeros del día, no sintió sorpresa alguna, ya su mente viajera, creadora de parajes y personajes se había acostumbrado a lo “humano y lo divino”, pensaba más bien en el cargo que debía desempeñar. Buscaba su rostro encontrar caras amigas de fraternales compañeros de cohabitación. En el bolsillo interior de la chaqueta llevaba un oficio firmado por el Dr. Gil Fortoul, Ministro de instrucción Pública donde se le designaba nuevo director del colegio de Barcelona,
La esbeltez de aquel hombre varonil de caminar sereno, altivo,  apenas de 28 años, exhibía un sombrero “de Panamá” mientras sus pasos se encaminaban hacia el centro; a su alrededor gentes calzadas de alpargatas, mocasines y  cofias de mimbre se extrañaban con la presencia del “personaje desconocido” cuya figura paseaba por la ruta engransada.
Nadie sospechaba era uno de los hombres llamados por la historia a marcar su huella Días después Rómulo Gallegos asumió la misión de dirigir el colegio federal después que fuera formalizada la entrega con inventario incluido: dos pizarrones, un  cuadro del acta de la independencia, siete bancos de madera, cuatro mesas para el director y los profesores, además de cuatro estantes para la biblioteca y uno para el archivo.
Además de Don Rómulo como director, le acompañaron en la subdirección  el Dr. José Manuel Cova Maza, barcelonés de nacimiento, mientras  como catedráticos del famoso colegio estarían Matías Núñez, oriundo de Cumaná y Rafael Penzini, nativo barcelonés.
Hasta el tercer año de filosofía sería la facultad autorizada por el ministerio en el colegio, mientras los dos primeros años se organizarían como cursos preparatorios. Una grata satisfacción tuvo el rector Gallegos al enterarse que Cova Maza y Matías Núñez  eran ya escritores muy conocidos en la región.
Es en Barcelona donde el noble Gallegos descubre su vocación pedagógica  al transitar entre alumnos y profesores de talante crítico, aunque se había anotado varios triunfos en escritos narrativos como El Último Patriota, Los Aventureros,  y “Entre las ruinas”, publicados un año antes (1911) en El Cojo Ilustrado de Caracas.
10 años antes recibió su diploma de bachiller Gallegos después de haber planificado una reforma del pensum de estudio al que consideraba poco provechoso la enseñanza de secundaria, el proyecto gallegiano tenía la previa aprobación del ministro quien le pidió  ponerlo en práctica en Barcelona en espera de ser factible como plan piloto para el resto del país.
Es desde Barcelona  de donde el novelista Gallegos envía el poder a su hermano Pedro un primero de abril para que le representara  ante las autoridades caraqueñas  el  casamiento con su novia y paisana Teotiste Arocha Egui, ante la imposibilidad de no poder asistir personalmente meses después regresó a Caracas cuatro meses después, 4 de junio el ministro ordenó su traslado a Caracas al designarle sub director del Colegio Federal de  la capital venezolana.
Este hombre del bien contra el mal, biógrafo de las costumbres del llano. luchador por plasmar en sus libros la cultura de la civilización, se convirtió luego  en el más excelso de los escritores al legarnos una obra magistral que enorgullece las letras venezolanas  elevadas por el mismo hasta el pináculo de la literatura universal.




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