El ilustre ciudadano inició
aquí sus inquietudes pedagógicas en el liceo federal
Poco antes de apearse en el
muelle de Guanta procedente de La Guaira con boleto cuyo costo de poco más de cuarenta
bolívares, un visitante observó la bahía de aguas plácidas cuando el buque
hacía su entrada al muelle rodeado de manglares y botes de pescadores.
El hombre se informó la
manera de llegar a Barcelona, su destino final. Tomó el ferrocarril que en pocos minutos inició su
recorrido por las estaciones de Puerto La Cruz, la primera en la carretera
negra, seguidamente la de calle principal de Pozuelos, luego la parada en “La
Línea” -hoy avenida 5 de julio-, hasta llegar
por la misma calle a “Bellavista”,
última parada antes de arribar a la capital del Estado.
El ruido tormentoso de las
calderas de la máquina se escuchaba como tropel mientras los pasajeros
apreciaban las imágenes de la incipiente ciudad porteña que comenzaba
lentamente a imponer su desarrollo incluyendo los primeros comercios.
Finalmente el transportador
ferroviario llegó a la meta; precisamente en esta estación de Barcelona, los
vecinos se aprestaron a ver el descenso en “Portugal”, de todo el pasaje,
siempre lo hacía por curiosear, esta vez se fijaron en un ciudadano elegantemente vestido con un fino
“cordobán” terciado en su cabeza con
aire y porte de gran personaje destacando
su figura, su estatura y una sonrisa con sabor venezolanista.
En las manos de aquel
visitante colgaban dos maletines de
cuero, tamaño mediano con lo cual probaba su condición de “forastero”, justamente el nombre con que
después intituló una de sus primeras
novelas. Muchos curiosos fijaban su mirada formándose alrededor del vagón del cual bajaba
el sujeto objeto de la sorpresa vecinal.
Aquella mañana del 6 de
febrero en 1912, Rómulo Gallegos visitaba la ciudad por la que sentía una
inquebrantable admiración debido a la proeza de su sacrificio por su grandeza
en la guerra de independencia. El ilustre viajero pensó cuan de grande era el
reto embargador de sus sentimientos en la “Cartago” de Oriente.
Una brisa grácil bañó su
rostro cuando el frescor de la arboleda del Neverí con su sus detalles
vegetales derramaba su verdor acariciando los rayos solares provocadores de un sofocante ambiente casi
cotidiano y natural a la media mañana oriental.
Al deslizarse entre vecinos
y curiosos venidos a presenciar quienes eran los pasajeros del día, no sintió
sorpresa alguna, ya su mente viajera, creadora de parajes y personajes se había
acostumbrado a lo “humano y lo divino”, pensaba más bien en el cargo que debía desempeñar.
Buscaba su rostro encontrar caras amigas de fraternales compañeros de
cohabitación. En el bolsillo interior de la chaqueta llevaba un oficio firmado por
el Dr. Gil Fortoul, Ministro de instrucción Pública donde se le designaba nuevo
director del colegio de Barcelona,
La esbeltez de aquel hombre
varonil de caminar sereno, altivo, apenas
de 28 años, exhibía un sombrero “de Panamá” mientras sus pasos se encaminaban
hacia el centro; a su alrededor gentes calzadas de alpargatas, mocasines y cofias de mimbre se extrañaban con la
presencia del “personaje desconocido” cuya figura paseaba por la ruta engransada.
Nadie sospechaba era uno de
los hombres llamados por la historia a marcar su huella Días después Rómulo
Gallegos asumió la misión de dirigir el colegio federal después que fuera
formalizada la entrega con inventario incluido: dos pizarrones, un cuadro del acta de la independencia, siete
bancos de madera, cuatro mesas para el director y los profesores, además de
cuatro estantes para la biblioteca y uno para el archivo.
Además de Don Rómulo como
director, le acompañaron en la subdirección
el Dr. José Manuel Cova Maza, barcelonés de nacimiento, mientras como catedráticos del famoso colegio estarían
Matías Núñez, oriundo de Cumaná y Rafael Penzini, nativo barcelonés.
Hasta el tercer año de
filosofía sería la facultad autorizada por el ministerio en el colegio,
mientras los dos primeros años se organizarían como cursos preparatorios. Una
grata satisfacción tuvo el rector Gallegos al enterarse que Cova Maza y Matías
Núñez eran ya escritores muy conocidos
en la región.
Es en Barcelona donde el noble
Gallegos descubre su vocación pedagógica
al transitar entre alumnos y profesores de talante crítico, aunque se
había anotado varios triunfos en escritos narrativos como El Último Patriota,
Los Aventureros, y “Entre las
ruinas”, publicados un año antes (1911) en El Cojo Ilustrado de Caracas.
10 años antes recibió su
diploma de bachiller Gallegos después de haber planificado una reforma del
pensum de estudio al que consideraba poco provechoso la enseñanza de secundaria,
el proyecto gallegiano tenía la previa aprobación del ministro quien le
pidió ponerlo en práctica en Barcelona en
espera de ser factible como plan piloto para el resto del país.
Es desde Barcelona de donde el novelista Gallegos envía el poder
a su hermano Pedro un primero de abril para que le representara ante las autoridades caraqueñas el casamiento
con su novia y paisana Teotiste Arocha Egui, ante la imposibilidad de no poder
asistir personalmente meses después regresó a Caracas cuatro meses después, 4 de junio
el ministro ordenó su traslado a Caracas al designarle sub director del Colegio
Federal de la capital venezolana.
Este hombre del bien contra
el mal, biógrafo de las costumbres del llano. luchador por plasmar en sus
libros la cultura de la civilización, se convirtió luego en el más excelso de los escritores al
legarnos una obra magistral que enorgullece las letras venezolanas elevadas por el mismo hasta el pináculo de la
literatura universal.
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