DESESPERACION INTERIOR
EN CASA FUERTE
Transcurridos más de 213 años del
genocidio parece necesario hacer algunas acotaciones sobre una gesta donde los
desatinos de aquellos bárbaros enviados por La Corona española provocaron una
masacre patriota sin edades ni sexos
contra cerca de un mil seres humanos.
Un cuadro conmovedor y trágico
mostró la edificación usada como refugio de más de 300 habitantes de Barcelona
que apresuradamente buscaban en su recinto el abrigo a sus temores huyendo de
las bayonetas realistas como serpentinas endemoniadas surcaban el aire rasgando la brisa mañanera emanada
del arroyo local.
Los arboles del alrededor crujían
de terror ante aquel espectáculo que convirtió la mañana abrileña del siete en
un remolino asesino y macabro marcando
para siempre el pecho desnudo de la Barcelona sin amparo que rasgaba los
vientos transformados en tormentas de tierra, fuego y sangre.

Una lucha tenaz, bravía,
resistiendo los embates de la perversión personificada en los temibles
invasores fue el estandarte para el sacrificio y el más elevado santuario de la
abnegación, dignidad y vergüenza de la mayor venezolanidad. Allí quedaron los
capítulos que sirvieron para construir
los cimientos desde donde partiría la homérica tarea de desarticular el aparataje pérfido montado por la monarquía
y el coloniaje.
En arranque de barbarie impropio
de un militar de academia, Juan de Aldama ordenó arremeter contra ancianos,
mujeres y niños desolando y expulsando de aquella instalación muchos seres
indefensos que se protegían del huracán realista que azotaba la ciudad. Las
horas parecían días aquella mañana trágica abrileña en una comunidad lánguida
invadida por el sombrío terror que da la cercanía de la muerte sin poder
evitarlo:
“Aldama entró a la ciudad sin oposición el 15 de abril pues el general
Pedro María Freites que mandaba las fuerzas independientes en numero de 600
infantes se habían refugiado sobre la Casa Fuerte en la que más de 300 personas
de ambos sexos y de toda edad se habían refugiado de antemano”, escribió el
general O’Leary.
El tropel tumultuario de los
realistas hacia el interior de la simulada fortaleza llegaba de Píritu y al pasar por Caicara el
criminal Aldama ordenó al coronel Manuel Bouzzá, comandante del grupo
“Dragones” y a Joaquín Urreiztieta líder del otro pelotón de asalto, arrasar
contra todo obstáculo hasta lograr apoderarse del monasterio y así inmediatamente lanzar el asalto final.
A continuación, se produjo el
mayor genocidio contra quienes se contaban además de los dirigentes de la
defensa, la dignísima Eulalia Ramos de Chamberlain y su esposo Charles, oficial
jamaiquino marcando con huellas de sangre su lealtad a la independencia. Aldama
estampaba así su propio ológrafo de sangre a quien la historia recordará como
uno de los criminales de guerra más sanguinarios.
Escenas de hijos viendo a su
madre crucificada y bañada en sangre tirada regando con su sangre el rústico
pavimento, sin poder hacer nada en medio de aquel combate desigual. Lo ayes de
dolor desde las entrañas de aquel infierno que una vez fue santuario y aposento
de los misioneros.
En unas inmensa lista de
asesinados a mansalva figuraban: donde el primero de ellos fue el barcelonés
Juan José Arguindegui, hijo del capitán de caballería don Pedro José de
Arguindegui, valiente vencedor de El Juncal, Cantaura, Carabobo y Puerto
Cabello, hermano de Juan José. De igual suerte Pedro María, Aniceto y Antonio José Carvajal, Manuel Hernández, Juan Bautista Rojas, Francisco Rojas, Pedro Romero,
Manuel de los Santos Acuña, los tenientes Miguel Nieves, José Francisco
Bordones, Juan Aguilar, Luis Delgado, Judas Tadeo Piñango, y Ramón Pérez como sus
comandantes fueron pasados por las armas el 17 del mismo mes, también.
Entre las féminas: Juana de Jesús del Rosal, Carmen Requena, Francisco y
Juanita Rojas, Ruperta Galo, Atanasia y Juan Chirinos (madre de Lobatón),
Antonia y Josefina Portillo, Dominga Monsanto, Bárbara Tomasa, Josefina,
Antonia y Margarita Arriojas, hermanas, Josefa María Sifones, Petra Julia
Trías, Dolores Rodríguez, Vicenta Amezquita, Ruperta Urbano, Dominga Martínez,
Bárbara Arriojas de Godoy, Francisco Martínez, Pedro Romero, Graciosa Barrios y
sus cinco hijos, Marta Hurtado, Cira Tremaria la heroína del barrio La Aduana, María Santillana de Martínez,
Madame Roland de la junta patriótica clandestina, y cinco hijos, Hermenegilda
Navas, Rita Romero, todos procedentes de Guanta, Barcelona, El Carito, Caigua,
San Mateo, así como Miriam Godoy hermana de uno de los sacerdotes, se recuerdan
entre las víctimas
Otros escaparon bajo la balacera:
Lobaton, Juan Aguilar, Albornoz, Francisco Ceballos, José Alfaro, Francisco
Castillejo, el barcelonés Isidro Álvarez, hecho prisionero y luego escapó en La
Habana, Román. Mudarra, José María Guevara de Piñeres y sus hermanos José Ignacio
Pulido Godoy, el barcelonés Manuel Osti, muerto dos meses después, Raimundo,
José María y Ramón Freites, hermanos del mártir jefe de la guarnición entre
otros.
Entre los patriotas otros 12
soldados degollados por Aldama junto a
Freites, y Ribas heridos a quienes
trasladaron a Caracas “para que respondan
al señor general en jefe por sus conductas”, alardeaba el perverso realista
- sin curarles las heridas las cuales gangrenaron- mientras entre los fusilados
figuraban: Luis Delgado, Judas Tadeo Piñango y Ramón Pérez pasados por las
armas el 17 del mismo mes.
El convento se transformó en un
camposanto con cientos de cadáveres regados por todas partes, peor que la
dejada por Boves en 1814. En el contorno de la Casa Fuerte se registraban
charcos de sangre y cuerpos mutilados por los asaltantes que no cesaban en incrementar la cacería.
Esos desolados restos que dejó el sacrificio de los hombres y mujeres de
Barcelona son una enseñanza histórica enaltecedora de la barcelonaidad y sentimiento
entrañable para quienes poblamos esta ciudad.
En un relato macabro el siniestro
Aldama narraba cínicamente a sus
superiores los pormenores de su ingreso al convento con inocentes
víctimas correr desesperados de un lado a otro dentro de la instalación: “Abandonando sus últimos recursos de defensa
se precipitaban en todas las direcciones en donde fueron pasado a cuchillo por
la tropa…Más de mil cadáveres de la guarnición y particulares adictos a la
rebelión encerrados en la Casa Fuerte mordieron el polvo y pagaron su loco
frenesí”.
Cuantas personas murieron en
aquel cuadro dantesco? Hay quienes
comentan cifras hasta de 3500, Entre los más notables por su jerarquía:
Freites, Rivas, Francisco de Paula Veliz, Bideaux el curazoleño que ofreció su
vida por su nueva patria al tiempo que resistían
en la parte exterior del convento, Chamberlain, su esposa Eulalia y otros mártires que prefirieron inmolarse antes de
ser humillados.
El padre de las letras
americanas, Don Andrés Bello en su poema
“América” en dos de esos fragmentos consagradas a la heroína y su marido
escribía: “Tú tumbarás de Chamberlain el
triste pero glorioso fin, la tierna esposa herido va a buscar el débil cuerpo
sobre el acero ensangrentado, apoya a su
seno…Libertarme de ese cadalso puede solo la muerte, dice, este postrero abrazo
me la hará dulce, adiós cuando tan pronta herida va a matarme ella, atajando el brazo, alzado
ya.” Remata Bello su homenaje al heroísmo de Eulalia, la esposa mártir
proclamando: “Tú a la deshonra, tú a una
ignominiosa servidumbre insulto más que la muerte, hombre me abandonas? para sufrir la afrenta falta valor en mí para matarte, sobra, muramos ambos. Hieren a
un tiempo dos aceros entrambas pechos, abrazados mueren.”
Hoy la ciudadela muestra sus
muros destruidos debido al acoso de la vesania criminal del 7 de abril de 1817
como rastros de una existencia arrebatada por el histerismo de una horda de desalmados
dispuestos a quebrar el sentimiento
nacional pero cuatro años más tarde pagarían en la sabana de Carabobo todas las
fechorías cometidas a lo largo y ancho del país
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